martes, 23 de abril de 2013

Saló o los 120 días de Sodoma

La verdad es que este año tampoco he pecado yo tanto en el Real de la Feria, pero el caso es que un día –o noche, o esas horas en las que no se sabe muy bien si es el coletazo de ayer o el principio de mañana– al volver a casa me dio por ver esta película. Localizada estaba, pero nunca le encontraba yo hueco a la cinta, seguramente porque ya había leído sobre ella en los no muchos libros de cine que poseo y cuando me tropezaba con el título no tenía yo nunca el cuerpo para el Pasolini más depravado. Porque en Saló o los 120 días de Sodoma el director italiano deja volar la imaginación sobre la república italiana de Saló, la cual él vivió de cerca, aunque en esta película la representación fiel y verídica no formaba parte de sus intenciones. Tampoco pudo el pobre dar muchas explicaciones sobre éstas, ya que Pasolini fue asesinado poco después de terminar el rodaje y, según cuentan los titulares de la época, por culpa de unos cuantos rollos de la cinta de por medio.

El universo fatídico del italiano se encuentra dividido en cuatro partes: el Anteinfierno, el Círculo de las Manías, el Círculo de Mierda y el Círculo de Sangre. No hace falta ser muy sagaz para suponer que las dos últimas son las más desagradables. Y es que Pasolini organiza un carnaval de sodomía y coprofagia involuntarias aderezado de vejaciones varias para concluir con... hasta aquí puedo leer. Vale que adaptar al Marqués de Sade pues es lo que tiene, pero sobre lo explícito y lo implícito en el cine albergo yo siempre ciertas dudas. Me limito esta vez a adjuntar el filme –cortesía de You Tube, como de costumbre– y a lanzar la pregunta al pueblo sabio:


¿Qué te parece Saló o los 120 días de Sodoma?
Obra Maestra
Muy interesante
Las drogas son mu malas, Pier Paolo
Puaj!!

  

martes, 16 de abril de 2013

A day in the life


Fue acabar la lectura de este artículo y ponerme a la busca y captura del documental que el texto mencionaba. No me arrepentí. Seguramente porque Corea del Norte cuenta con el exotismo de esos herméticos paises que se cierran a cal y canto en virtud de una utópica perfección, el caso es que hoy resulta de lo más llamativo. Lo mejor del documental es que está hecho por un occidental –Pieter Fleury, holandés para más señas– y que es una de las pocas cintas que ha logrado el beneplácito de las autoridades norcoreanas. Vamos, que ellos han quedado encantados con el resultado. Que uno imagina que esas multitudinarias clases de inglés y esas reuniones adornadas con ganchillo –a nuestros ojos tan rancias– allí deben resultar de lo más moderno; que las surrealistas lecciones en el colegio sobre las botas katiuskas del Gran Líder allí deben ser la leche; y que sacar lustre a tanta estatua y retrato de gerifalte no es algo agotador sino gustoso. Supongo que hasta estará, además, disponible para todo el país en la intranet (que no internet, que de eso no hay). Y he ahí lo curioso, que aún así, el material para los ajenos al régimen provoca momentos realmente hilarantes que terminan poniendo los pelos como escarpias. Porque tarde o temprano uno cae en la cuenta de que eso es verdad y no una peli de Sacha Baron Cohen y entonces la cosa da mucha grima: la estética trasnochada, la obsesión antiamericana, el demente culto al líder y esas melodías ensalzadoras de la causa que amenazan al ciudadano en cualquier esquina. Pero eso no es todo, al acabar el documental me tropecé con este otro artículo que habla de una cierta fiebre turística hacia el peculiar país asiático, muestra del gusto occidental por esos insólitos paraísos proletarios en los que no es fácil entrar y casi imposible salir cuando se es oriundo de ellos. Un caso. Yo les dejo con el documental en cuestión, A day in the life, con el propósito de no leer las noticias esta semana e irme a la Feria de Abril todos los días que mis obligaciones me permitan. Que este déjà vu de la Guerra Fría me ha recordado que la vida son dos días. Y con un norcoreano enfadado puede que incluso uno.








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martes, 9 de abril de 2013

Requiescat in pace


Parece que últimamente todas las noticias cinematográficas de este país van en caja de pino. Hace unos días que enterrábamos a Bigas Luna y, con el cortejo fúnebre aún en funcionamiento, se nos ha acumulado el trabajo con Sara Montiel. Supongo que esta debería ser una entrada de esas que ensalzan la gloria de los que se han ido, pero no me ha quedado precisamente así y espero que esto no se tome como una falta de respeto. No es la intención. El caso es que yo nunca hice migas con ninguno de los dos. Una, que es rara.

A mí Bigas siempre me pareció aburridísimo. Creo que he empezado todas sus películas y en extrañas ocasiones he acabado alguna. No digamos ya disfrutarlas, que lo que no puede ser, no puede ser y además es imposible. Reconozco que le tuve cierta tolerancia en la adolescencia, cuando se tiene más curiosidad por lo erótico-festivo, pero que pasé pronto al aborrecimiento. Sin dictaduras ni destapes el género del tetamen ibérico puede resultar harto insoportable. Al menos para mí. La última película que vi suya fue Yo soy la Juani y recuerdo que pensé que el hombre tenía la facultad de seguir cumpliendo años conservando sus eternas inquietudes. Ahí estaba el tío, sin perder fuelle.

Si hablamos de Sara, confieso que con ella tampoco tuve yo nunca conexión. Creo que no he visto ninguna de sus grandes películas hollywoodenses y siempre me pareció una señora la mar de rara, de pelo cardado y uñas imposibles. Alguien a quien mi abuela llamaba Sarita (aunque el diminutivo ya no fuera acorde con su edad), que aparecía en ese programa de tarde que la yeya no perdonaba y al que a veces yo me sumaba, ya fuera por la película en sí o por el festín de nueces, castañas y anisetes en torno a la mesa camilla. Sin embargo, nunca logré entender por qué la estrella era tan estrella y he de decir que cuando en dicho programa emitieron Varietés para rendir tributo a un Juan Antonio Bardem que acababa de dejar este mundo, yo no pude evitar preguntarme cuál había sido el mal causado por ese hombre para que le despidieran con esa película y no con otra. Como si le faltaran a él las grandes obras. Pero todos estos razonamientos quedaron a un lado cuando hoy me enteré de la muerte de la diva. Pensé que –lamentablemente– ahora le tocaba su momento de gloria indiscutible. Gloria de la auténtica, que no hay mal que por bien no venga. Con su capilla ardiente multitudinaria, su portada en la revista de turno, su documental en prime time. Ella, que se había pasado media vida recordando a todos y a sí misma lo estrella que había sido, no tendría que reivindicarse más ante esas generaciones poco ilustradas –como yo– en los años dorados de la meca del cine y menos aún en los espectáculos de revista. Y todo eso sin novio cubano de por medio. Así que me metí en cuanto pude en la prensa digital para ver grandes titulares y fotos ensalzadoras de su belleza (porque bella lo fue, y mucho), pensando que si de verdad hay algo más allá de la muerte, ella debería estar disfrutando de lo lindo mientras le preparaba unos huevos celestiales a Marlon Brando. Pero cuando hice clic me encontré a la Thatcher, que ha decidido morirse este mismo día, y en cuanto a relevancia la inglesa se ha merendado a la ibérica, que mientras una fumaba y esperaba, la otra le estaba metiendo mano a las Malvinas. No hay color. Desplazada de la cabecera, pues, Saritísima sigue ocupando un lugar, algo más pequeño, en todos los medios de comunicación de hoy. Sarita, hija, lo tuyo también es mala suerte.

En cualquier caso, R.I.P. a ambos.






lunes, 1 de abril de 2013

It´s Raining Men

Ésta ha sido una Semana Santa atípica. Sin días de descanso, sin procesiones y sin echarme al buche ni una mísera torrija, en el terreno peliculero también he faltado yo a la tradición y no he visto Quo Vadis por decimoctava vez. En su lugar, y sin premeditación alguna, me he dedicado a ver torsos masculinos al descubierto. Así que hoy lunes, pasada la santa semana, vamos a romper la abstinencia y volver a la carne. Nunca mejor dicho.

La primera película con la que me topé fue Magic Mike, del siempre impredecible Steven Soderbergh. Para mí el film es más bien un coqueteo del director con los números musicales y una historia de lo más común metida con calzador. Resumiendo: chico guapetón y bien definido descubre que buscarse la vida en Tampa no tiene por qué ser tan complicado. Lucir poca ropa y contonearse está bien pagado y el oficio de stripper, además, da acceso rápido a drogas y mujeres a mansalva. Y allí está Alex Pettyfer pasándoselo en grande cuando las cosas comienzan a ponerse negras. Y es que tanta habilidad antinatural sólo puede tener cabida en el Lado Oscuro de la Fuerza. ¿Lo mejor? el corpulento reparto (Channing Tatum, Matthew McConaughey, Joe Manganiello...) y bailecitos como el de abajo, que pone el título al post.




La segunda cinta sale de la crítica mejor parada y eso que el primer contacto con la trilogía de Ulrich Seidl me dejó algo indiferente. Fue en el Festival de Cine de Sevilla y yo hablé de Paradise: Faith aquí. Entonces no me permitieron los horarios introducirme en este paraíso amoroso, pero un encontronazo casual por internet hace unos días me quitó la espinita. A la espera de ver la tercera entrega (Paradise: Hope) tengo que decir que me ha gustado más este paraíso que su creyente compañero.

Paradise: Love narra la historia de Teresa, una austriaca que anda inaugurando los 50 y decide darle a su cuerpo alegría, Macarena por las playas de Kenia. La película es sencilla y tranquila, con mucho plano fijo –que ya sabemos que son del agrado del austriaco– y encuentra en su protagonista su punto fuerte. Porque es Teresa la que hace que te pasees por la historia casi tan perdido como ella. Tras dejar gato e hija al cuidado de una amiga (la protagonista de Paradise: Faith, Seidl decide así entrelazar a sus personajes), Teresa aterriza en un resort dispuesta a redescubrir el amor. Así que mientras el espectador se pregunta si la austriaca es ingenua o directamente tonta, Teresa irá confundiendo lindes: la que delimita su resort de la pobreza; la que separa el turismo sexual –mucho más sencillo– del amoroso, aún por explotar. Y entre la miseria moral de los nativos (con su afición al engaño de foráneos) y la de los veraneantes (de naturaleza desaprensiva) transcurre esta historia. Sin que al director le tiemble el pulso para mostrar comprometidas escenas. Unas vacaciones con sol, tumbonas, clases de baile y poca ropa que le dejan a uno una visión bien diferente del clásico Hakuna Matata.