lunes, 25 de marzo de 2013

Rompe Disney


Cuando Pixar irrumpió en 1995 con Toy Story a Disney debió darle un vuelco el corazón. Fue además un ex trabajador de la compañía, John Lasseter, uno de los fundadores de la nueva Pixar y también el director de esa película de juguetitos que se llevó una mención especial en los Óscars cuando en tales premios la categoría de animación ni siquiera había visto la luz. Era la primera película hecha completamente por ordenador e inauguraba una nueva época no sólo en cuanto a técnica, sino también en cuanto a principios. Con ellos Pixar lograba sentar en la butaca a un espectador antes no interesado en ese cine, mezclando en sus largometrajes diferentes niveles de atención dirigidos cada uno de ellos a un público específico y ofreciendo un rato la mar de placentero a niños y mayores.


Seguramente esos cambios que introdujo Pixar tuvieron mucho que ver con la decisión de la academia de crear una categoría para el cine animado en 2001 y entonces Disney debió pensar que si con el enemigo no se podía, lo mejor era zampárselo, adquiriendo en 2006 los estudios Pixar. Éstos conservaron la dirección creativa de las películas y fruto de la lucrativa unión nacieron Wall-E, Toy Story 3 o la inolvidable Up, todas galardonadas por una academia rendida a los pies del simpático flexo. Y llegamos a 2012 y el flexo saltarín vuelve a ganar estatuilla con Brave. Por avatares que ustedes ya conocen no he podido yo este año verme todas las películas nominadas para la eminente gala, pero hallé hace poco el hueco perfecto para ponerme al día en esta categoría en un domingo post bodorrio. Y es que ver pelis de dibujitos parecía ser la única actividad compatible con mi cerebro resacoso. Así que me puse manos a la obra con un duelo Brave-¡Rompe Ralph! y comencé por la peli ganadora sin saber que, en realidad, dejaba lo mejor para el final.


Y es que Brave no deja de ser una historia de princesas al uso, por mucho que Mérida sea desaliñada e indómita y por mucho trabajo técnico que tengan detrás sus incontrolables rizos. Que entretiene, sí, pero que la princesita es una insulsa al lado del protagonista de la entrada de hoy, ese brutote entrañable que abandona su hogar para conseguir una medalla. Así que Ralph, guapetón, esta entrada es sólo para ti 


Porque el pobre Ralph lleva una vida bastante triste. Encargado de destrozar todo lo que se encuentra en un videojuego, su labor no es otra que promover el lucimiento del héroe, Félix el Reparador. Y aunque su trabajo es igualmente indispensable, Ralph no obtiene condecoraciones por sus acciones y, consecuentemente, ningún reconocimiento. Tampoco está muy bien visto por sus compañeros de reparto y lleva una vida sucia y solitaria en un vertedero frente a la edificación que destroza a diario. La asistencia a una singular terapia de grupo le sabe a poco y un buen día nuestro Ralph decidirá salir en busca de una medalla que cierre la boca de todos esos que le creen incapaz de conseguirla. Ni que decir tiene que el camino va a ser arduo para nuestro protagonista, pero también será una delicia para un espectador que salta de videojuego en videojuego, cambiando de paisaje y estética, y que no puede evitar encariñarse de un malote que es todo corazón. Sin olvidarnos de Vanellope von Schweetz, esa singular outsider que le acompañará en la aventura.


La película, mucho más adulta que Brave, es también visualmente más atractiva, mostrando escenarios muy diversos. En originalidad también gana. No todos los días puede uno introducirse en las entrañas de un salón recreativo. Y cuando el local cierra sus puertas al público, es realmente cuando cobra vida. En él el mal no lo representan terribles males de ojo ni brujas piradas, sino la simple y llana desconexión, o lo que es lo mismo, el olvido y la indiferencia. Imposible no ponerle empatía a una historia en la que los viejos personajes obsoletos a los que ya nadie encuentra utilidad se ven obligados a pedir algo que llevarse a la boca en una muy peculiar estación central. O al jugoso dilema que envuelve la película, el conflicto entre el interés individual y el colectivo. Porque en sus andanzas los protagonistas no sólo se ponen en peligro a sí mismos, sino que salpican a todos los demás. Ya ven, mucha imaginación empapada de grandes dosis de realidad. Sin olvidarnos de todos sus elementos retro, introducidos con soltura en una peli técnicamente a la última.Y por todo esto y mucho más, aquí condecoramos al cafre bonachón sin dudarlo. Y esperamos que la próxima entrega de Pixar –estos monstruos universitarios–, esté más a la altura. De lo contrario empezaremos a pensar que Disney está despertando de su letargo y que los del flexo empiezan a vivir de las rentas.





viernes, 15 de marzo de 2013

Up in the air


Resulta raro escribir después del parón. La verdad es que las cosas van bien: la fase hospitalaria concluida, menguando el cansancio, aumentando la vida social... y sin embargo me va a salir otra entrada pesarosa. No tengo remedio. Les pongo en antecedentes. Yo hace unos meses encontré un trabajo y –por ahora– sigo en él. Somos unos cuantos los que empezamos allí hace no mucho y vamos enlazando contratos temporales con ilusión y gracejo. Cada vez que se avecina la fecha final del contrato nos ponemos nerviosos y nos preparamos para la gran gala de lo que yo no me he resistido a bautizar como nuestra operación triunfo. Y es que en esa enorme y diáfana planta en la que trabajamos somos llamados de uno en uno para visitar la mesa del gran jefe indio y recibir el veredicto: un "seguimos contando contigo, te quedas con nosotros". No niego que al principio tenía su gracia eso de atravesar la vasta sala cogiendo aire e intercambiar unas palabras con nuestro Nube Roja. También la tenía comentar la jugada de los compañeros desde nuestras mesas (la intimidad es algo inexistente por allí, cosas de una muy moderna concepción del espacio de trabajo) y ponerle voces cachondas al diálogo que intuíamos en la distancia. Pero hará una semana, en uno de esos inevitables cambios de ciclo programados, el "seguimos contando contigo" mutó en ciertas ocasiones en un "mañana no hace falta que vengas" y fue entonces, viendo cómo un compañero volvía a por sus cosas cabizbajo para desaparecer poco después por la puerta, cuando la cosa dejó de ser graciosa. Y fue también entonces cuando yo recordé la película que les traigo hoy por el blog y que tengo pensado recomendar al sioux más plumado en el caso de que –no quiero ni pensarlo– me encuentre entre la próxima tanda de nominados, puesto que –por lo que me han dicho– lo que es despedir, despide regular.




Up in the air llegó a las pantallas allá por el 2009, coincidiendo con esta reciente crisis económica mastodóntica que a día de hoy parece no querer irse del todo. Recuerdo que fui a verla al cine con ganas, porque contaba con 6 nominaciones para los oscars de ese año y porque Jason Reitman (Juno, Gracias por fumar o la reciente Young Adult) siempre tiene un par de golpes que le animan a una el día. El tema, de los suyos. Reitman está especializado en extraer siempre algo dulce de lo muy amargo y en esta ocasión lo hacía con algo lamentablemente de moda, los despidos. Recuerdo lo chocante que me pareció el personaje de George Clooney, el protagonista, que se dedica a viajar y despedir gente a lo largo y ancho del país. Un despedidor siempre con la maleta hecha, persiguiendo EREs (o lo que sean por los USA) de Albuquerque a Minnesota para, una vez allí, dar la mala noticia e informar de forma íntima y efectiva sobre la indemnización, el seguro médico y los servicios de colocación de empleo de su empresa. Mientras lo hace, él encaja con soltura los golpes de los despedidos. Éstos en unas ocasiones iracundos y exaltados, hundidos y con tendencias suicidas en otras. Pero esa extraña cotidianeidad del protagonista, plagada de aviones y malas noticias, se tambalea cuando conoce a su alma gemela (Vera Farmiga) y cuando una jovencita (Anna Kendrick) llega dispuesta a revolucionar el panorama del despido laboral a través del teledespido para hacer del mal trago algo menos físico. Como si te dejan por email, sms o whatsapp. Igualico.




Una de las bazas infalibles del protagonista para convencer a las insalvables víctimas era aludir a los viejos sueños y desmerecer al compromiso, esa cosa que hace de la rutina una necesidad y que cae con frecuencia en el tedio o el hastío. Y esto, que era realmente lo que él pensaba, funcionó hasta que la vida le soltó una buena dosis de su propia medicina. Seguramente Up in the air era demasiado sencilla como para llevarse a casa estatuilla alguna, pero siempre quedará en el recuerdo de esos que ven cercano el limbo laboral. Y al fin y al cabo, si no se puede evadir esa darwiniana selección natural que acecha hoy en la esquina de cualquier despacho, mejor ponerle cara al sentenciador de George Clooney que de Risto Mejide. Dónde va a parar.









sábado, 2 de marzo de 2013

Islas Caimán


Bueno, sigo sin mucho tiempo, pero la cosa "progresa adecuadamente". Aparezco por aquí para dar las gracias por los animosos comentarios, la verdad es que éstos reconfortan mucho. Ha sido leerlos y escuchar mi canción fetiche para la evasión y venirme arriba. ¿Qué cuál es la canción? La de más abajo, Cayman Islands de los Kings of Convenience. Y eso que yo no tengo un pavo para paraísos fiscales. Que me iba a las Caimán con lo puesto, vamos...