miércoles, 29 de agosto de 2012

Recordemos


Hasta ahora yo no me había planteado esto de escribir una entrada necrológica –y eso que lamentablemente este verano no damos abasto con este tipo de noticias– pero seguramente porque ando escasa de ideas y aún peor de tiempo hoy me he decidido a hacerlo.

En este caso se trata más bien de un aniversario, y es que tal día como hoy, un 29 de agosto de hace 30 años, nos dejaba Ingrid Bergman. Decidió dejar este mundo el día que cumplía los 67, dando juego así a todos esos aficionados a las casualidades o a la ausencia de éstas.

La última película que he visto de la segunda sueca más internacional (no me gustaría tener problemas con Susan Lenox) ha sido Anastasia. Creo recordar que la primera que vi fue Casablanca, alentada por mi padre, un gran admirador del film en cuestión. Y aunque solemos tener un gusto similar –al fin y al cabo él educó mi paladar cinematográfico como mi madre el culinario– siempre nos han separado dos cosas: su gusto por Humphrey Bogart y su fascinación por Casablanca. Nada de esto perjudicó a Ingrid, que me ganó totalmente dando bandazos por la isla de Stromboli o volviéndose loca en Luz que agoniza. Tampoco le hago ascos a Recuerda, no obstante si tuviera que elegir una, sería Te querré siempre la escogida, porque ese Viaggio in Italia es como hacer un curso intensivo en la pérdida del amor: 80 minutos de monotonía, tedio, desilusión y desencuentros con un broche final procesional que sacude al espectador aunque no se dé un duro porque eso dure mucho tiempo. Pero vosotros, ¿con que película de Ingrid Bergman os quedaríais?


La arruga puede ser bella















viernes, 24 de agosto de 2012

Bajarse al Nocturama


En Sevilla, como en esa Madrid que cantaban The Refrescos, no hay playa. Encima hace más calor, pero –no todo va ser malo– la costa está más cerca, aunque algunos no nos acerquemos mucho a ella. En verano tiene las ventajas de toda ciudad que no sea turístico-playera, hay mucha menos gente y puedes aparcar donde quieras. Un gustazo. Además desde hace unos años se han multiplicado los eventos nocturnos y una vez se esconde el sol siempre hay una obra de teatro, cine o concierto al aire libre para todo aquel que se atreva a asomar la patita más allá del aire acondicionado de su casa o del de la oficina. El Nocturama forma parte de esa oferta estival e inunda la ciudad de conciertos desde finales de junio a principios de septiembre. Por si fuera poco el emplazamiento cuenta con solera, ya que albergaba a esos monjes cartujos tan austeros allá por el s. XV, fabricaba la famosa loza cartujana hasta hace no mucho y ahora, como sede del CAAC (Centro Andaluz de Arte Contemporáneo), se dedica a artísticos o musicales menesteres.





El Nocturama es una propuesta de lo más variopinta y va de la chanson francesa al hardcore vasco pasando por algún que otro songwriter americano. Se canta en español, inglés, francés o català y se descubre qué se cuece musicalmente por países como Finlandia, Bélgica o Canadá. Pero no siempre viajamos tanto y ayer nos quedamos en casa con ese sevillano de adopción que es Kiko Veneno y que reventó la taquilla echándose un cantecito. El panorama era más heterogéneo que nunca y no sólo se mezclaron flamencos, indies, rockeros y poperos, sino que también asistimos a un show intergeneracional con asistentes que iban desde el chupete hasta la tarjeta dorada. El maestro demostró que a pesar de sus 60 años él sigue estando en forma y ha dejado de ser el primo del gremlin más malo –su famoso mechón se ha difuminado en una cabellera ya completamente cana– para ser un lobo de lo más bueno.




El concierto estuvo estupendo y la gente no tuvo problemas en entregarse a un repertorio original y experimental con pocas concesiones a los grandes éxitos, los que sonaron además de manera diferente. Y en medio de este espectáculo Zappa-agitanado no pude evitar pensar en lo cinematográficas que habían resultado algunas de sus canciones.

El famosísimo echo de menos fue parte de una banda sonora también muy popular. Emilio Martínez Lázaro se decidió a rodar un musical ibérico allá por el 2002 y puso a cantar a conocidos actores nacionales. Lo cierto es que éstos no es que destacaran mucho en eso del cante, pero hicieron que El otro lado de la cama funcionara muy bien en las salas:




En el 2006 la canción más venenosa  incluso bautizó una película que dirigía Albadalejo. Esta vez Volando voy no la cantaba ni su padre, Kiko, ni el gran Camarón, sino Albertucho, poniendo título y banda sonora a esas salvajadas delictivas que solía llevar a cabo un aún no reformado "Pera".




Pero mis escenas favoritas pertenecen a una película de 1989 que dirigió Fernando Colomo y que contaba con un plantel redondo: Aitana Sánchez-Gijón, Verónica Forqué, Juan Echanove, Antonio Banderas, Chus Lampreave, Miguel Rellán y Carmelo Gómez. Había además otros rostros conocidos, como los hermanos Amador, que aunque ya no estaban junto a Kiko en la banda Veneno, seguían dando guerra bajo el nombre de Pata negra. Ellos enriquecían el teatral guión y, junto a sus canciones, tocaban un tema de su ex-compañero, el famoso Pata Palo, que era, al parecer, un pirata muy malo.




Bajarse al moro está llena de drogas blandas y situaciones extravagantes. De madres desquiciadas en coches con forma de tiburón, de ensayos yeyés en madrileñas terrazas y de actos sexuales con hipo. Sus personajes tampoco pueden ser más extraordinarios: nudistas que se dedican a la confección, curas flowerpopis, mojigatas vírgenes que encierran interesadas arpías y cleptómanas incapaces de distinguir un yanki de un yonki. Un escenario que al final hace que esos dos primos protagonistas de vida caótica sean lo más sensato y entrañable que parece existir en el mundo, un mundo que sería bastante más habitable con más Chusas-Forqués en él. Y olería mucho mejor, además.

martes, 21 de agosto de 2012

Más cine, por favor

Nos encanta el cine. Nos pirra. Hasta extremos insospechados. El cine se desplaza más allá de las salas y el sofá de casa, y nosotros, ante la imposibilidad de meternos en la pantalla (no todo el mundo puede ser Mia Farrow en esa rosa púrpura del Cairo), nos desplazamos buscando más cine. Si la montaña no viene a Mahoma, Mahoma va a la montaña. Turismo cinematográfico que lo llaman. Film tourism para los anglosajones. O cómo plantarse en Roma tras observar esas vacaciones de Peck y Hepburn o perderse en la capital nipona tras tragarse Lost in traslation.


Peck y Hepburn en la romana Plaza de España


Pero la cosa no sólo consiste en eso. Más allá de la ciudad-escenario se encuentra la curiosidad industrial, no el dónde se hizo sino el cómo, y para eso también hay opciones: pasearse por la Cinecittá, que albergara otrora clásicos como Ben Hur o Quo Vadis, o pasar de los palacios y de aquella conferencia del 45 tan famosa e irse a visitar los estudios Babelsberg cuando se anda por Potsdam, menos división alemana y más Metrópolis, qué duda cabe.

Para rizar el rizo el cine, consciente de esa corriente emuladora que despierta, tiende a guiñarse el ojo a sí mismo. Así, Bertolucci puso a sus soñadores protagonistas a correr por el Louvre de la misma manera que Godard lo habia hecho antes en Banda aparte. Yo hasta hoy he podido contenerme en lo de correr por ese importante museo, pero en otras muchas cosas no, porque no les voy a negar que yo soy una víctima fácil de este negocio y lo mismo se me mete entre ceja y ceja tomarme un café en ese 2 Moulins que frecuentaba Amelie que me salgo de la ruta que marca la guía Michelín para pasearme por Sos del Rey Católico, el bonito pueblo donde Berlanga decidió soltar su vaquilla. No he podido aún pisar la Gran Manzana, pero es que para comerme el cruasán frente a Tiffany en plan Desayuno con diamantes, sentarme en ese banco junto al puente de Queensboro como hiciera Allen en Manhattan o citarme con alguien en lo alto del Empire State a lo Tú y yo necesito no pocos días y me va a salir por un pico. A ahorrar tocan.




Obviamente, las autoridades son conscientes de esto y comienzan a ponerse las pilas. Para qué patearse las ferias de turismo si el celuloide es mucho más eficaz, se subvenciona una peli y santas pascuas. De esto Allen sabe un rato, que desde que descubrió el capital público europeo no quiere ni oir hablar de volver a cruzar el charco, antes prefiere pasar la medianoche en París, irse a Barcelona con Vicky y Cristina o enamorarse en Roma. Un negocio. Sevilla ha puesto en marcha la Sevilla Film Office para venderse mejor como escenario: Oye, que tengo infraestructuras de aquí con un sol de más allá  y lo mismo te ofrezco un barrio periférico que un anfiteatro romano, un palacio mudéjar o una iglesia barroca, aparte de una de las plazas más cinematográficas dentro y fuera de nuestra galaxia, quequéesloquetengo,quetengodetó.


Otra Plaza de España, esta vez sevillana

Pero no siempre es tan idílica la cosa. Al menos eso pensé cuando leí esta noticia. Resulta que Julio Medem tuvo a bien rodar una sensual escena en la laguna de barro de S'Espalmador, en Formentera, y eso ha creado escuela. Como hiciera aquella Lucía de Lucía y el sexo, allá que van muchos a rebozarse en los lodos como locos, como si se fueran a cruzar con una nuda Paz Vega por allí –ellos– o como si se te fueran a poner las tetas como a ella –ellas–. El caso es que da igual que el Govern balear haya dicho que los barros no sólo no son beneficiosos para la salud sino que probablemente puedan ser perjudiciales por las nocivas bacterias que contienen (al parecer durante un tiempo se arrojaban allí cadáveres de animales), que no hay manera. Cada día un puñado de insurrectos se salta el cordón instalado y corre presto a bañarse en el fango haciendo oídos sordos a las advertencias y sin seguir el ejemplo de Aute, que pedía perdón en esa famosa canción por confundir el cine con la realidad. Va a ser verdad eso de que toda la vida es cine. Y los viajes, cine son, claro está.




jueves, 16 de agosto de 2012

Las impetuosas


Estamos que lo tiramos. Bueno, yo no, no soy un gran ejemplo de mi género, mi único mérito esos olímpicos días fue ver la tele desde el sofá durante horas seguidas y mi única posible hazaña la desorbitada ingesta de pistachos al ritmo de agrupados y carpados, tiros libres y saltos de pértiga entre otros, y si así batí algún récord éste lamentablemente va a quedar en el anonimato (snif). Me refiero a esas mujeres que se dieron cita en Londres y han hecho historia, las cuales son muchas y su reconocimiento se debe no sólo a los metales obtenidos sino también a otros motivos, como por ejemplo el acudir en cantidad (los USA han contado en estos juegos con más representación femenina que masculina), su mera asistencia (países como Arabia Saudí parece que al fin se han animado a enviar féminas a la cita olímpica) o el ser las pioneras en disciplinas antes inexistentes (como el boxeo femenino). Si nos referimos a España, mucho se está hablando de lo reducido que habría resultado el medallero si nuestras mujeres se hubieran quedado en casa. Estamos, digo están, que lo tiran. Oh yeah.

A pesar de estas proezas, lo cierto es que el deporte femenino suele generar menos expectativa y no nos percatamos de su existencia a menos que coseche cierto éxito y sobre todo alguna que otra medalla. Así, el número de aficionados que sigue el fútbol o el baloncesto femenino es bastante reducido y las mujeres sólo reinan de forma exclusiva en aquéllas actividades sin equivalente masculino (léase la gimnasia rítmica o la natación sincronizada). Este handicap lo ha sabido reflejar la gran pantalla y en algún caso le ha sacado un estupendo partido. Recuerdo la simpática A league of their own (en España Ellas dan el golpe), que supo plasmar cómo se armaba una liga femenina de béisbol cuando los hombres escaseaban por ser tiempos de guerra y cómo se desembarazaban de ella cuando llegaban unos más viriles tiempos de paz. Tampoco le resultaba fácil a la protagonista de Quiero ser como Beckham el poder darle patadas al balón ni las cosas fueron más sencillas para la oscarizada Hillary Swank en Million Dollar Baby.

Pero mucho antes de eso, en 1952 concretamente, George Cukor encontró una forma amena y amable de acercarnos a una de estas heroínas deportivas y lo hizo de la mano de su inseparable amiga Katharine Hepburn. Este dúo Cukor-Hepburn se eleva en esta ocasión a trío con la intervención de otro asiduo, Spencer Tracy. En la película, llamada Pat and Mike  (aunque recibió en nuestro país el nombre de La impetuosa) Pat-Hepburn es una de esas mujeres que va sobrada de energía y que destaca en todo lo que hace. El argumento es el siguiente: una profesora de gimnasia acaba, de forma algo casual, dentro del mundo del deporte. Sus cualidades como deportista son muy elevadas pero tiene una debilidad, su pareja, que se convierte en el auténtico talón de Aquiles de la protagonista. Una mirada de su novio y la competición se va al traste. Esto no le pasa con su mánager, Mike-Tracy (cosa que no me extraña porque a mí Tracy no me desconcentraría en absoluto) por lo que éste intentará mantenerla alejada lo máximo posible del gafe amante.




Cuando veo este film siempre pienso que el director neoyorquino concibió el papel protagonista inspirándose en Katharine, pues parece que estemos ante lo que debió ser la propia Hepburn (por lo que sé una mujer de buena familia, amante de los deportes, independiente y algo rebelde), una mujer que entrañaba poco objeto y mucho carácter, seguramente como esas que han estado sudando la camiseta por Londres hasta hace pocos días.





















sábado, 11 de agosto de 2012

Terror en el hipermercado, horror en el ultramarinos


Por poco me ahogo con el café cuando tuve que contemplar la lamentable escena en la televisión. La verdad es que últimamente no gano para disgustos. Cada mañana la sorprenden a una con algo nuevo, como si no fueran suficiente la inflación, la recesión, la deuda y la prima que se le arrima. Saldremos de esta, me digo, porque todo lo malo se acaba y no hay mal que cien años dure, pero entonces tengo que ver los modales de una señora diputada, ya no joven pero aún malcriada, los cuales desde luego no están a la altura de su escaño. Otras veces es un diputado autonómico el que parece entusiasmado con la idea de asaltar supermercados con sus hordas graznadoras. De esta no salimos, que va, porque lo que no puede ser, no puede ser y además es imposible.

A mí Sánchez Gordillo siempre me ha parecido un híbrido curioso, el resultado de una receta propia de la thermomix. Una pizca de Marx, algo de Arafat y un muy mucho del Gañán de La hora chanante. 5 minutos, temperatura 100, velocidad cuchara. Voilá. No voy a negar que al principio tenía su gracia y junto a ese municipio llamado Marinaleda constituían lo más parecido a una película de Berlanga que podíamos encontrar en territorio nacional, pero las últimas elecciones han situado a este sujeto en una posición que le viene bastante grande. A la espera de que Sasha Baron Cohen descubra las posibilidades que le brinda este ibérico personaje, yo prefiero dedicarle esta entrada al paleto político cinematográfico más entrañable, el insigne Jefferson Smith. Ni que decir tiene que el de Marinaleda es todo lo contrario a James Stewart y no sólo por las diferencias que saltan a la vista –nadie es resposable del resultado en esa lotería que es la genética– sino también por sus aspiraciones y sus métodos.




Para empezar  las pretensiones del senador Smith son mucho más modestas, él no quiere luchar contra la injusticia social ni erigirse en repartidor oficial de alimentos en el mundo, lo suyo es mucho más humilde, realizar un campamento nacional juvenil para que los niños crezcan en los valores de su país. Eso sí, no está dispuesto a saltarse esos principios que pretende difundir entre hogueras y gymkanas para conseguirlo. Tampoco ambiciona despertar la ira de las masas para llevar a cabo una supuestamente necesaria revolución, sino agarrarse a la honestidad y a la sensatez para erradicar las viciadas formas que han adquirido sus colegas de cámara. Esta película salió a la luz en un delicado momento, nada más y nada menos que en 1939 y muchos pensaron que a las puertas de la guerra no se debía estrenar un film que realizara semejante crítica al modelo que debía, más que nunca, ser ejemplar. Pero esta película de Frank Capra no deja de ser una alabanza al sistema de gobierno estadounidense y Jefferson Smith, uno de esos héroes que aseguran su continuidad con su mera existencia. Ahora Mr. Smith goes to Washington forma parte de la biblioteca del congreso de los Estados Unidos y no me extrañaría que obligaran por allí a su visionado de vez en cuando.




Y aunque no sea yo muy partidaria de los cambios de títulos que solemos hacer por aquí, la verdad es que siempre me ha gustado eso de Caballero sin espada, porque Capra transforma el senado en un coliseo con sólo un cristiano y muchos leones y porque Jeffrey/David está dispuesto a batirse con un senado/Goliat ingente y poderoso con la única arma del respeto al prójimo. "Las reglas no se pueden seguir sin la amabilidad cotidiana ni el amor por el compañero", Jeffrey dixit.


Jeffrey, en plena lucha

Ni que decir tiene que Smith gana la contienda porque Capra es Capra y no nos va a amargar la fábula, pero también gana porque en los 125 minutos que dura la película Smith no echa mano de sucios medios para alcanzar el justificado fin. Con unos abyectos medios y seguramente unos bastante menos dignos fines, los nuestros no parecen merecerse la insignia de explorador. Capra, desde donde estés, mándanos un Mr. Smith a España, venga, anda.







miércoles, 8 de agosto de 2012

El cine estepario


Estos olímpicos días he añadido yo una nueva rutina a mis quehaceres más tempraneros. Así, con el café en la mano y ese mal humor mañanero que Dios me ha dado, aparte de darle una vuelta al correo, al blog y a diarios digitales varios, le echo un vistazo a esa lista que refleja como va el medallero londinense. Los Estados Unidos Y China están en plena lid, capitalismo made in USA versus ese comunismo chino que ya no lo conoce ni el Mao que lo parió. Terceros los ingleses, lo cual no es de extrañar, juegan en casa y a todos nos gusta –o nos ha gustado– barrer para el mismo sitio. En cuarto lugar Corea del Sur, lo cual tampoco me extraña porque ellos han creado las BB creams y hacen pelis como Memories of murder o Hierro 3, Dios bendiga a Corea. Después Francia e Italia, potencias europeas no en sus mejores momentos pero veteranas, vale. Y ahí está, de pronto, Kazajistán, ¿ein?

Bien es cierto que la lista no refleja el total de medallas, sino que está ordenada por la cantidad de oros exclusivamente, pero es que los kazajos tienen 6 oros. Para que se hagan una idea, Alemania lleva 5, España 1. Coño con los Kazajos.

Yo ya los había visto por la tele. Primero a un ciclista rubito muy mono, con más pinta de sueco que otra cosa, pero de nombre Alexandr Vinokurov. Oro en ciclismo en ruta. Después pude ver como levantan pesas las mujeres de por allí, 3 oros femeninos en halterofilia. Coño con las kazajas. Los otros 2 oros me los perdí.




Kazajistán es uno de esos países que sacude mi mapamundi mental de momento. Caúcaso a la derecha, sí, sí, por allí. Míralo, pegado al Caspio, pero qué grande, lo recordaba mucho más pequeño. ¿Capital? Aquí sí que me han dao... Astaná dice la wikipedia. Pues vale. Rebusquemos en el cajón cinéfilo: Kazajistán. No confío mucho en lo que pueda tener de fidedigno Sasha Baron Cohen, tendré que desechar al excéntrico Borat. Pero yo he visto cine Kazajo, sí, sí, me acuerdo. Fue en una época esteparia que tuve, que ni el lobo de Hesse. Creo que empezó con una peli mongola (de Mongolia, digo), la entrañable La historia del camello que llora. Después vi una curiosa película española que yo ya he mencionado en este blog, La gran final, y rematé entonces con la preciosa obra del maestro ruso Nikita Mikhalkov, Urga, el territorio del amor. Pero antes de la hermosa Urga, vino Tulpan, película Kazaja del año 2008 que refleja, como las demás, cómo se vive por esas estepas asiáticas. Les puedo decir, por lo que he visto, que se trata de una vida la mar de tranquila, donde contrasta lo reducido del hogar (esas pequeñas yurtas circulares donde conviven apretujados todos los miembros de la unidad familiar) con lo amplio del horizonte (en el que no se observa ni un alma más aparte de las ya conocidas). Pastoreo y vida familiar. Poco más. La historia de Tulpan es la tierna historia de un chico que regresa del servicio militar a casa de su hermana, una de esas yurtas existentes donde Cristo dio las tres voces, en la que vive con ésta, su cuñado y sus sobrinos. Pero él lo que quiere es tener su propio rebaño y su hogar y para eso necesita una compañera. Lo de encontrar una mujer en plena estepa está bastante crudo, así que el protagonista no alberga dudas, será Tulpan, una muchacha a la que ni siquiera conoce pero que habita no excesivamente lejos. La razón es incuestionable, es la única casadera por esos lares. Pero lo va a tener difícil. No les cuento más por si se animan (he visto que Tulpan está disponible –por ahora– en you tube con subtítulos en inglés, por si su kazajo no es muy fluido). Aunque si vemos otra película kazaja, Mongol, resulta que un tal Gengis Kan empezó buscando esposa de forma similar y terminó teniendo 36. Ya ven, nunca se sabe. Gracias a Mongol Kazajistán estuvo además presente en los óscars de 2007, por su candidatura a mejor película de habla no inglesa. Coño con los kazajos.





Nota: Cuando voy a darle al botón "publicar" compruebo que ya se les han colado los rusos y los alemanes en el top medallero. Pobres kazajos, con el cariño que les había cogido yo escribiendo esta entrada :(


sábado, 4 de agosto de 2012

Palmas blancas


Ahora que estamos inmersos en esta vorágine de lo olímpico me han entrado ganas de rebozar mis manos en magnesia y liarme a redactar esta entrada. La gimnasia es mi deporte olímpico favorito, y digo olímpico porque fuera de este condensado periodo parece que la gimnasia desaparece del mapa hasta la nueva orden... que suele ser 4 años más tarde. Es un deporte tremendamente vistoso, loable y muchas veces injusto. Básicamente porque se da todo en pocos segundos y fallar en el agarre, perder el equilibrio o salirse del cuadrilátero se saldan con un mal resultado. Cést la vie. Es además un deporte duro donde, con excepción de alguna que otra Nadia Comaneci, las estrellas son escasas y duran poco, por lo que cada 4 años tenemos que aprendernos unos complicadísimos nombres nuevos, a menudo rusos, rumanos, ucranianos o chinos, ellos a las barras y nosotros al idiograma y al cirílico. Que mantenerse en activo mucho tiempo es dificilísimo y la fecha de caducidad está siempre acechando. Alehop.


Hajdu en mi aparato predilecto, las anillas.

Siendo la gimnasia mi deporte olímpico por excelencia, mi película olímpica no podía andar muy lejos. Fehér tenyér (White Palms para los más occidentales) es una película húngara del año 2006 que hace honor a ese gesto de empolvarse las manos, gesto muy habitual estos días en el North Greenwich Arena, donde se han reunido los mejores gimnastas del mundo para disputarse el medallero. Zoltán Miklós Hajdu interpreta a uno de ellos en el film y se mete en esas olímpicas competiciones que se celebraron en Atenas el año 2004. Poco sabemos de lo que llevan detrás estos acróbatas inquebrantables, de su background que se dice ahora, pero de Hajdu sí que sabemos algo. Cosas de tener un hermano que se dedique a esto del cine (Szabolcs Hajdu) y te haga protagonista de algo muy parecido a tu propia vida. Así, White Palms no puede sino llegar a lo más hondo del público, porque la película rezuma verdad, Zoltán hace de Zoltán y la historia que cuenta merece –y mucho– ser contada.


White Palms: Una historia de calleras y magnesia


Y aunque ahora está muy de moda decir eso del "no nos representan", lo cierto es que la Hungría de esos años representaba muy bien lo que vivían día a día esos pequeños Hajdus tanto en su casa como en el gimnasio, la disciplina férrea, de COMECON y de comezón. Y escapar de ella no sería nada fácil, pero adaptarse a otra bien diferente tampoco sería sencillo. La historia de nuestro protagonista comienza en Hungría, pero será muy viajera y sus años como entrenador en Canadá no tienen desperdicio, porque aprender gimnasia bajo los excesivos métodos filosoviéticos era algo casi marcial, pero enseñar esa misma gimnasia en una sociedad mucho más laxa y a algún que otro rebelde sin causa de vida acomodada ya es de nota. El entrenamiento (como alumno y como maestro), la competición, el espectáculo y el circo, la superación, la lesión y el dolor. No hay nada que White Palms pase por alto. ¿Que no la han visto? Ya están perdiendo el tiempo...