jueves, 22 de marzo de 2012

La vie en rose

Ustedes ya se habrán dado cuenta de que este año el cine francés está de moda. Ha arrasado en todas las entregas de premios habidos y por haber –incluyendo los estirados Óscars–  y consecuentemente, ya son muchos los que se preguntan qué es lo que tiene el país de los croissants para cosechar tanto éxito: ¿Acaso su sistema de subvenciones y su cine sobreprotegido son todo un acierto?, ¿están ante otra "nouvelle vague" que hace éxitos como rosquillas? Pues bien, yo tengo mi teoría, y se basa en el optimismo.


Actualmente el mundo no está para tirar cohetes:  Recesión, paro, empobrecimiento, agitación (por cierto, cuando escribo esto estoy escuchando en la radio la operación policial contra el terrorista de Toulouse), desconfianza, miedo... Estando así las cosas el espectador que se rasca el monedero para poder meterse en el cuerpo un par de horas ficticias a la semana prefiere que la película le insufle ganas de levantarse por las mañanas porque últimamente de eso anda escaso. Los franceses se han percatado de eso y llevan un año haciéndonos la cuesta arriba mucho más llevadera. A las pruebas me remito.


1. The Artist ( O Dios aprieta pero no ahoga).

El argumento estaba ya, como se suele decir, más visto que el tebeo ("Cantando bajo la lluvia", la recordarán ustedes...) Pero da igual. Todos nos hemos sentido como George Valentin, tuvimos mucho y ahora valemos muy poco. Cést la vie.  Pero no todo está perdido, tan sólo hay que buscar otra cosa que nos permita seguir en el mercado. Si hay que bailar se baila, oiga. Si encima la historia va a compañada de chica guapa y graciosa y de perrito fiel, qué quiere que le diga, que las penas son menos penas así.






2. Intocable (Quién tiene un amigo tiene un tesoro)


Uno no elige donde nace y muchas veces se tiene mala suerte, qué le vamos a hacer. Demasiados barrios de vida difícil y oportunidades escasas pero...¿es esa garantía de una vida miserable e infeliz? pues no. Esté atento que el azar  puede en cualquier  momento poner en su camino a un millonario –de vida no menos dura, todo sea dicho– y crear, cual big bang, una simbiosis perfecta.






3. Declaración de guerra ( O la esperanza es lo último que se pierde)

A veces las cosas van bien pero de pronto se tuercen. Los momentos álgidos de felicidad  tocan a su fin de manera brusca e incomprensible, sin comerlo ni beberlo. Pero como ya nos enseñó ese mito griego –espero que se lo estén aplicando por allí ahora también– la esperanza tiende a quedarse escondida en la caja. "Declaración de guerra" sabe mucho de eso y tiene momentos inolvidables. Y yo me quedo con el que va  acompañado por esta magnífica cancion de ese sueco tan guapo llamado  Peter Von Poehl.






4. Le Havre (O cómo todo el mundo tiene su corazoncito)

Como ustedes ya sabrán la película es de quien la paga así que me permito meterla en la clasificación, puesto que corre dinero gabacho por sus venas. El último trabajo del finés Kaurismäki es una película curiosa, de rostros peculiares, personajes estrambóticos, planos estáticos y colores agradables. Rousseau podría tener razón y decir que todo el ser humano es bueno hasta que la sociedad  lo pervierte pero a Aki le gustan las excepciones. Hasta el hombre más gris puede enternecerse en un barrio humilde pero de buenas intenciones. Me encanta la escena del protagonista mirando a su mujer con ese  flamante vestido amarillo. Eso debe ser el amor, supongo.






En fin, cuatro películas que muestran el lado duro de la vida  pero que le arrancarán una sonrisa y le darán un empujoncito. Y eso ahora se agradece, y mucho.

domingo, 18 de marzo de 2012

Trío de ases: Miller, Nichols & Seymour Hoffman

Esta mañana, con café y periódico en el bar de siempre, me he estremecido ante la noticia que indicaba que "Muerte de un  viajante" volvía a Broadway, y de qué manera. El texto de Miller ha ido a parar a las manos del gran Mike Nichols y éste ha tenido la genial idea de elegir a Philip Seymour Hoffman para encarnar al legendario Willy Loman.





El señor Loman es uno de mis personajes literarios favoritos. Quizás porque provoca una tremenda oleada de sentimientos a lo largo de la obra. Por lo menos en mí, que da igual las veces que relea el libro de Miller o vea una de sus adaptaciones teatrales  o cinematográficas, al final Willy Loman me lleva por un ineludible camino que me provoca en un principio cierta mofa, continúa con el desprecio y termina en una bastante dolorosa pena.

Como dice la noticia, seguramente el momento escogido por Nichols para reestrenar la obra no es casual. La crisis actual ha provocado el quebranto de muchos sueños y la aparición de sentimientos de humillación por esas "venidas a menos".  Y Loman, ese vendedor soñador y fanfarrón al que los años se le echan encima de malas maneras tiene mucho que ver con todos los que ven un futuro echado a perder, lo que pudo ser y no fue.

Sin embargo –y es lo mejor del libro– Willy Loman no es tratado (al menos en la mayor parte de la obra) como una víctima. Es más complejo. Willy no tiene dotes de héroe americano: le falta humildad, tesón e integridad. Y así las cosas no le salen del todo bien, pero... ¿hubiera soportado él esa vida siendo de otra manera?.

Lo que está claro es que el  personaje tiene miga, y de hecho su interpretación le valió a Dustin Hoffman un globo de oro en 1986. Del director de esta película hecha para televisión hablaba yo hace no mucho en otro  post, y es que a Volker Schlöndorff,  le gustan las adaptaciones literarias y supongo que es porque no se le dan nada mal. John Malkovich también está inmenso en el otro papel estrella de la obra, el joven Biff, que asiste con dolor al desmoronamiento del mundo irreal en el que le había criado su padre.




Y por muy dura que a mí me parezca la vida de los Loman yo me muero de ganas de ir uno de estos días a Broadway para ver al gran Seymour en las tablas. Aunque claro, me pilla bastante lejos y lo que es peor, sin un pavo. Pero de ilusión también se vive, supongo, aunque entonces corra una el riesgo de acabar como el protagonista de esta gran obra.


lunes, 12 de marzo de 2012

George es mucho George

No sé lo que fue primero. Si al cumplir ya una edad empecé a fijarme en los maduritos o como ya voy teniendo una edad son los maduritos los que se fijan en mí. Cuento esto porque, aparte de algún que otro episodio raro en mi vida personal, a mí el señor Clooney nunca me había llamado mucho la atención y últimamente me tiene ganada totalmente.


No comprendía yo su éxito cuando empecé a verle anunciar cafés y pensándolo bien puede que sea porque no seguí de cerca los inicios de su carrera. Para empezar tengo una horrible aversión a las series de hospitales (descartamos "Urgencias", pues) y tampoco le cogí yo el punto en las primeras películas que le vi, como  "Abierto hasta el amanecer".







Seguramente no me percaté mucho de él hasta "La delgada línea roja", peli que me gusta mucho, pero que de todas maneras no le daba mucha visibilidad al actor ya que Terrence Malick hace una selección de guapos difícilmente igualable en el cine y tener a Jared Leto o a Jim Caviezel al lado es mucha competencia.


Poco después comenzaría ya a compaginar su trabajo de actor con el de producir películas e hizo tándem para ello con uno de los directores con los que más ha trabajado, Steven Soderbergh. Cuando este proyecto se truncó, allá por el 2006, George Clooney fundó otra productora llamada Smokehouse Pictures, con la que ha financiando películas como el thriller "El americano" –donde ya sí que me produjo una grata impresión– y continúa produciendo a día de hoy.





Tiene una filmografía variopinta, de pelis grandes y pequeñas, pero se ve que hace ya tiempo que escoge los papeles con detenimiento. Le gustan con cierto compromiso, con "chicha",  y quizás es por eso que encadena ultimamente tantos éxitos, viéndosele a menudo en los óscars con nominaciones como las que obtuvo con "Michael Clayton", "Up in the Air", "Los descendientes"...


Además el hombre también dirige y bien que lo demostró en la más que aceptable "Buenas noches y buena suerte", donde ya dejó ver su gustillo por el periodismo y el mundo de la política.






Pues bien, todo este rollo viene porque este fin de semana  he visto "Los idus de marzo", en la que Clooney vuelve a  producir, adaptar el guión, dirigir y poner su cara. Y me ha gustado el resultado, sobre todo teniendo en cuenta que es cine político y no es que no me guste, sino que lo veo un género complicado. En resumidas cuentas, que cada día me gusta más este Clooney. Además, gana con los años, no??



jueves, 8 de marzo de 2012

ATCHÍS!!

Esta mañana me he levantado después de haber estado postrada en la cama un par de días. Han sido días de zumos y frenadol, de toser, comer, dormir y no hacer nada que requiriera un mínimo esfuerzo mental. Para no perder el tiempo, y como única opción en un fatigoso estado horizontal, me he hartado de ver pelis.


Combiné aquéllas a las que les tenía ganas desde hacía tiempo, como Stromboli,  o Amanecer, con otras que me iba encontrando por internet,  como la nefasta Klimt o la curiosa Muerte de un burócrata.








Pero lo mejor del resfriado ha sido que en un momento dado, y kleenex en mano, me dio por acercarme a esa estantería con películas que rapiñé hace tiempo de algún que otro periódico y que no suelo ver por la sencilla razón de que sé que están ahí y no se pueden ir a ningún otro sitio. Así cogí unos cuantos DVD, sin el menor criterio, y me volví al lecho sin saber que llevaba encima una película que me encantaba en mi infancia y de la que recordaba bastante poco.


La pequeña princesa (que así se llama la película en cuestión) era una película que nos volvía locas a mi abuela y a mí cuando yo era pequeña y que siempre nos encogía el corazón sin importar lo repetidas que tuviéramos ya sus escenas. Sus ingredientes eran tradicionales: niña monísima de tirabuzones rubios más orfanato más persona mala malísima a la que está a cargo. Esto no le impide a la muchacha hacer un millón de amigos y cantar y bailar con soltura, tal que así:








Los años no han pasado por Shirley Temple en la pantalla, claro está, y sigue siendo esa niña de encantadores tirabuzones mezcla de graciosa y redicha que ha sido siempre y yo, por esto de ser ya mayor, me he preguntado por primera vez qué habría sido de ella en la vida real, dando por seguro que esa mezcla de fama e infancia le habrían pasado factura, que le habrían arrojado a las drogas y al alcohol y que, a su vez, éstas le habrían llevado a una muerte joven a lo Judy Garland o Natalie Wood. O quizás, peor aún,  llevaría una vida amargada y oscura, propia de una Bette Davis en ¿Qué fue de Baby Jane?. Pues no, resulta que no, que me equivoco.


Shirley Temple continuó haciendo papeles en el cine como secundaria, hizo sus pinitos en política y está hoy vivita y coleando a la edad de 83 años. Además me he enterado de que, aparte de sus películas y del extenso "merchandising" que generó en su época, tiene un cocktail en su honor –apto para todos los públicos, of course– con lima-limón y granadina y decorado con una bonita guinda. Y con una versión "dirty" para los que gusten del alcohol, como yo, que me tomaría ahora uno con mucho gusto si no estuviera aún un poco convaleciente.



domingo, 4 de marzo de 2012

El tambor de hojalata

Hace ya muchos años, y de forma accidental, me tropecé por televisión con una conocida escena de la película "El tambor de hojalata" que me dejó anonadada:






Yo era por entonces una cría y desde esos tiempos de Maricastaña, sin mulas ni descargas directas, tenía yo ganas de poder ver la película entera por tener uno de esos fotogramas que se te quedan en la retina de forma irreversible. Con los años supe que la película venía de un libro y decidí que antes de ver la película entera me leería la novela. Incomprensiblemente, he tardado mucho tiempo en meterle mano al libro pero al fin puedo decir que lo terminé hace apenas unos días y automáticamente me puse a buscar la película en la ahora ya existente (alabado sea el señor!) internet.



De entrada la cosa promete mucho. Günter Grass escribió la novela en 1959 y ha sido la más famosa de su obra y la responsable, en parte, de que recibiera el Premio Nobel de literatura en 1999. En el libro, Günter nos desvela 30 años de vida de su protagonista, Oscar Matzerath, un niño que quiso dejar de crecer y consagrarse a su tambor, y que el autor utiliza para describir una época de Alemania que tuvo tantos momentos álgidos como desdichados. De esta forma, Óscar asistirá a toda clase de sucesos históricos (¿podría ser un predecesor algo agrio de Forrest Gump?)  amenizando con su tambor desfiles nazis, participando en el ataque de la oficina de correos de Danzig, y siendo testigo de la famosa noche de los cristales rotos.








La película no se queda atrás y se llevó el óscar a la mejor película extranjera en 1979, aparte de la Palma de Oro en Cannes ese mismo año. La verdad es que después de haber leído el libro una se plantea la película con cierto escepticismo: ¿Cómo va a ser alguien capaz de llevar esas más de 600 páginas llenas de pasajes realmente ácidos –cuando no surrealistas– al cine? Pues bien, Volker Schlöndorff  lo hace y sale más que airoso de ello. Bien es cierto que no abarca la obra completa, pues la novela está dividida en tres libros y la película refleja tan sólo los dos primeros, lo que serían 21 años de vida de su protagonista. Sin embargo las escenas están bien escogidas y son retratadas a un ritmo presuroso.







Quizás la única pega es que la película obvia que Óscar, que es quien cuenta su propia vida, comienza su narración desde un sanatorio mental en el que se encuentra internado y esto hace que el lector se pregunte frecuentemente si ese mundo fantástico de Óscar es real o imaginario. En cualquier caso, película y novela son totalmente recomendables.

viernes, 2 de marzo de 2012

Pintores de cine


Hace un par de días fui a una proyección que organizaba una asociación de cine de mi ciudad –la cual he  conocido hace muy poco– y a la que ahora estoy pensando seriamente adherirme. Su nombre es La linterna mágica y organiza talleres sobre cine y proyecciones de películas como la que voy a describirles ahora:  El amor es el demonio.

Yo, que sabía bastante poco de Bacon hasta ese momento, disfruté bastante con el film. Éste se centra sólo en una época de su vida, aquélla que transcurre al lado de su más famoso y retratado amante –George Dyer– y los actores que dan vida a la pareja están francamente bien.


Retrato de George Dyer en un espejo. Francis Bacon.


Derek Jacobi (que para mí siempre será Claudio) encarna al singular y destructivo Bacon, mientras que Daniel Craig hace lo propio en el papel de Dyer, regalándonos un par de desnudos raudos para deleite de sus admiradoras (y admiradores, claro).



Jacobi y Craig en el film.



Siempre he pensado que las películas que versan sobre pintores tienen pros y contras. A su favor tienen sobre todo el tirón de público que consiguen tan sólo mencionando el nombre del personaje, pues cuentan ya con la disposición de un espectador interesado en conocer más sobre el artista en cuestión. En contra, que la dirección debe tener cuidado para  no recrearse demasiado y que te salga un biopic más propio de tele y sobremesa que de gran pantalla. Lo de la fidelidad a la historia real también es un problema pues poner imágenes a vivencias demasiado personales conlleva enriquecer (cuando no directamente inventarse) las biografías.



El amor es el demonio trata de ser bastante fidedigna con la vida de Bacon y esto me ha hecho recordar otra que vi hace poco que podríamos situar en el otro extremo: El Greco. Esta es un coproducción greco-española que trata de reflejar la vida del pintor desde que abandona su Creta natal hasta que se instala en Toledo, sitio en el que la película encasqueta a este artista al servicio de la Contrarreforma un encontronazo con la inquisición, el cual, al parecer, nunca existió. La peli hace hincapié en la relación del pintor con el cardenal Fernando Niño de Guevara (interpretado por Juan Diego Botto) y la verdad es que si merece la pena destacar algo del film es que el guapo Botto recuerda –o al menos eso me parece a mí– a esos peculiares rostros del pintor con llamativos ojos almendrados, ¿o no?.